
La luz de la noche se filtraba azulada a través de la ventana cubriendo mi habitación de un halo terrorífico. Mis manos sudaban como hojas empapadas por la lluvia, mi cabeza se atiborraba de un nuevo temor cada minuto, mi silencio coyuntural se rompía con sollozos...
Llegué a casa. Mi primo Segundo nos visitaba. Mamá y papá me saludaron como siempre, pero noté algo extraño en sus risas, un brillo opaco en sus ojos. Frida apenas me habló. Me encerré en mi cuarto, lloré un poco más. Cuando sentí el auto de mi primo rechinando al partir, mi corazón se quedó estático. Mis padres subían la escalera presurosos y al llegar a mi cuarto tocaron la puerta con insistencia.
Sequé mis lágrimas, quizá eran solo ideas mías, tonterías producidas por mi conciencia sucia... Mamá me miró y se echó a llorar. Papá traía la cara en el piso. No estaba molesto, estaba dolido, desilusionado... ¿Qué pasa? alcancé a preguntar...
En ese momento mi vida cambió. Dejé la adolescencia para convertirme en hombre. Hombre cabro, hombre gay, pero hombre, al fin y al cabo, con la hombría propia de Juan Diego, ésa que no se parecía a la que anhelaba su papá, pero era hombría...
Samuel Meléndez había interceptado a mi padre durante la compra del pan y le dijo fríamente que su santa esposa nos había encontrado desnudos en la cama, y que Sandrito me poseía echado sobre mí. Osea, Juandieguito era un reverendo cabrazo.
Aunque había ensayado ser frío y práctico, me eché a llorar desconsoladamente. Escuché los cuestionamientos, preguntas, el qué hemos hecho, en qué fallamos, porqué nos haces esto, porqué nos averguenzas así, porque Juan diegooooo, porqueeeeeeeee y lloraba el triple mi mamá. Quería decirle que no exagerarán, que yo no quería ser como la Gommy, que solo quería disfrutar de algunos hombres ricos que se me pusieran en el camino y, si el Dios que ese día me había traicionado, me ponía un pata rico y bueno, pues, ser su parejita, ser novios como se cuenta en la internet que llegan a ser muchos gays . Pero mamá se apretaba el rostro hasta maltratárselo y sus lágrimas salían como de un caño, papá no paraba de preguntar con cuántos hombres más me había acostado. Por supuesto, le dije que con ninguno más. La verdad, mentía...
Pero debía hacer una aclaración inmediata. Sandro no me había poseído jamás. Desde los diez años fui yoooo quien le hizo el sexo al potoncito, él jamás posó algo suyo sobre mí. Mi papá detuvo sus reclamos, mamá acabó intespestivamente su llanto. ¿Cómoooo? preguntaron al unísono. Aclaré suelto de huesos y como buscando limpiar mi honor mancillado por tal mentira, que yo, Juan Diego, Juandi, Juandieguito se comía riquísimo al Sandrito y lo demás era mentira...
Papá corrió a la tienda de los Meléndez y encaró a Don Samuel: "Mi hijo se tiraba al tuyo" le increpó como sacando a relucir un escudo que protegía a su Juandi de los rayos ultravioletas que disparan mariconada. El tiendero titubeó, su rostro adquirió matices naranjas y gritó Sandrooooooo. El culoncito bajó atolondrado para ser cuestionado. Sandro asintió ruborizado y aceptó que era yo quien lo hacía feliz. Doña Lidia lloró triplemente traumada, acojudada y transtornada . Una cosa era que su hijo se comiera al corrompido futuro cabrito declarado del Juadieguito, y otra, muy distinta, era que el Juandieguito con cada remecida que le dio a su Sandrito lo había corrompido y declarado como futuro cabrito. Mi padre sacaba pecho. "Mi Juandi era el hombre" habría dicho feliz, pero la consideración ante el dolor terrible que debían experimentar los padres del pasivito descubierto, lo detuvieron de festejar ahí mismo y botar de contento las rumas de leche y arroz.
Mamá me dijo que lo que habíamos hecho era malo, que no lo volviera a hacer nunca más. Que los hombres debían estar con niñitas, ellas tenían chuchita y nosotros pipilín, y eso era lo normal, cuerdo, lógico, y ya verás cuando lo pruebes, me dijo papá, es más rico... Todo volvió a ser lo mismo. Juan Diego no era el cabrooo que ellos creían, tenía sus problemitas quizá, había que tratarlo o entederlo, pero cabrooo como el Sandrito no era... Pobres de los Melendez, lidiar ahora con un cabrito en la casa, un chiquillo al que le gusta el pene, ¡Qué miedo! Voy a rezar por ellos, decía mamá...
Pero a mí me gustaban los hombres, y las chuchitas me despertaban tanto interés como la física cuántica. Yo era cabrito, quizá má que el Sandrito, pero para mis padres, para Frida, era un cacherito que se confundió de hueco, un chiquillo precoz que buscaba su lugar en el mundo y usó el agujero del vecino como radar... No obstante, para mí todo había cambiado. Cada vez que recordaba los ojos de la Sra Meléndez viendo a su hijo desnudo sobre mí, sabía que ya no era el mismo. El rechazo de Sandro, la noche sin dormir, la consecuencia de mostrar tu verdad aunque los otros no la entiendan y, sobretodo, el saber que nada de eso habría pasado si yo no hubiera sido cabrito, me llenaban el pecho de una extraña sensación...
Esa noche supe que era libre y cabro, ¡eres cabro! me dije, ¡eres gay!, y supe bien que eso no iba a cambiar, que era como un sello, una suerte de estigma que podía ser delicioso y terrible, pero que estaba aquí, metidito en mi pecho, luchando por no salir de mi boca y palpitando en mi todo. Eres cabro, Juan Diego, no como dice el pelucón, ni como tu papá cree que es Sandrito. Eres cabro, simplemente, porque Dios no te había traicionado. Te había puesto, sabiamente, las herramientas necesarias para encontrar tu camino...
Y, hoy frente a mi notebook, sé que aún no encontré mi camino, es tan difìcil. Pero aquí estoy, menos cabro y más gay, mas Juan Diego y menos Juan Dieguito, y listo, acicalado, perfumado e ilusionado con esta noche de sabado, de disco gay, donde seré uno más del mar de gays y cabritos con historias y sueños parecidos y que aún no encuentran su camino...
Escrito en Lima, 9 de Marzo del 2006
JUAN DIEGO







